8 de Febrero 2006

LOS ÁRBOLES y otros poemas

LO SAGRADO Y LO PROFANO

Sin soledad no hay fantasma:
sólo una sábana poco santa
que se desliza por el pasillo.

Acompañado, no atisbo
el sentido mágico de las cosas
y, aun sin quererlo, me ciño
a la piel monda y lironda.

De tan cercana, la humana
figura expulsa de mi lado lo sagrado,
dejando en su lugar la horma
del espacio estricto de su nada.

Si quieres poesía, amigo,
hermano,
debes desprenderte de la sana
intimidad con las personas
y lanzarte, alegre, a los abismos
de la lírica a solas.

Literatura sí hay otra,
pero profana.


VISIÓN PERIFÉRICA

Tal que los bordes
del ojo saltan más lejos
—globos
que el calor desplaza,
si hay eco—, oyes
en la noche espejos
y el recio escudo lanzas.

Mudo,
al tacto el dedo le opone
su versatilidad:
más aún saben los cuerpos
por la sal que por uno.


ESTIGMA

Tus gestas
simbólicas no caducaron:
vista por el pájaro,
sigue la pica clavada
donde tú la clavaste.

En Flandes, los vástagos
aún nacen con tu estigma majara
pero no recuerdan a nadie.


FRAGÍLITAS

Como un techo hecho de tallos verdes y ramas
Como un tapete suspendido a un palmo del suelo
Como un cristal al que, fanática, se adhiere la nieve
Como un nudo corredizo en torno a la garganta
Como un acuerdo tácito o un contrato verbal
Como un guiso al que nada le sobra ni le falta,
salvo la aquiescencia del comensal
Como esos meses en que la primavera duerme
en su regazo invernal — como la infancia
cuando fenece sin abrirse a su otra edad
(la de los velos):
como amenaza

vives tú ahora a cubierto
lo que otrora te salvaba a la intemperie.


EL SACAPUNTAS

No inventa nada: el sacapuntas
—filo metálico contra suave madera—
se limita a acompañar, custodiándolo,
al grafito que tizna hacia la luz
que lo ha de borrar.


ANTI-FLOR

La flor que no crece hacia los cielos,

la que renuncia a la luz para volver
su cabeza del revés y ascultarse en la penumbra,

la exploradora
de las simas húmedas en que lo humano
reverbera como un eco contenido—

la hija de las noches estrelladas
hacia abajo, la perforante,

la intrépida flor del suelo miedoso

se hace una
con el cuarzo y la lombriz,
con la cal y la sed, con el poso
incierto del café
nunca derramado antes.

La dueña del color, por trascender,
se abisma entre lo negro
y renace hecha raíz.


NUNCA PASA NADA

Nunca pasa nada
y si pasa (digamos)
es en tono menor,
en clave baja,
como en retórica elisión
del NO que lleva el sí
oculto en su regazo.

No acontece el suceso:
se retiene
en su fáctica impotencia de acceder
a la vía principal de los sentidos—
sea por presencia
real de un gran obstáculo, sea
por ausencia efectiva de emoción.

Falta la pendiente
por donde resbalar el cuerpo pesado.
Se palpa
el hueco dejado por el beso
antiguo de la vida plena,
cuando se acordó el paso con el pie,
la mano con la uña. Falta
el amor.

En la blancura de la tundra
despoblada, los copos
le privan a la nieve del dolor
y al frío, de su resonancia.


LOS ÁRBOLES

En efecto, Pessoa /
Caeiro: los árboles
no son más que eso,
ESO y no cánones.

Para ellos.

Mas, para mí,
son aún más cosas:

la raíz
que se ausenta y que escarba
entre lo negro
la firmeza que no encuentra a ras de tierra—

el tronco
erecto, duro, vertical,
pasmoso
ejemplo de voluntad directa
a la que yo no llego
aunque aspiro—

las ramas múltiples, sí,
quizá demasiado, aunque aunadas
en un único sentido
(mágico-ascensional)—

las hojas blancas
del chopo, o verdes
de la especie perenne,
o amarillentas
cuando se vuelca el otoño
como un bote de pintura descuidada
por el pintor sobre la acera—

las flores breves,
los frutos rojos…
el testimonio
de un colorido aparente
tras el que la LUZ acecha
y, a veces,
ciega tus ojos.

Que sí, Fernando / Caeiro,
cómo no, por supuesto
que sí: los objetos
son objetos únicamente
cuando están solos—
pero para mí
que, absorto, los miro y remiro
en busca de una clave que no dan,
son siempre y sobre todo signos:
de una promesa
(evidente) de un mensaje
(escondido) que no hay.


LAS DOS CUCHARAS

Tengo junto al plato
acuoso
sendas cucharas: una para aquietar
el fondo nutricio,
otra para enturbiarlo.

De mi mano
—nerviosa ora, calma después—
la hondura de la vida depende,
de mi escritura.

Escrito por Eneas Fog a las 5:32 PM